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¿Qué piensas cuando corres?

2026-07-15 6 min de lectura
Carlos Castañeda
Carlos Castañeda @carloscndev

¿Qué piensas cuando corres? Es una de las preguntas que más me han hecho desde que empecé a correr. Durante mucho tiempo no tuve una respuesta adecuada; la mayoría de las veces ni siquiera tenía una, casi siempre contestaba en tono burlón "de todo y nada" o simplemente me encogía de hombros y sonreía de forma un poco tonta. No era que no supiera qué responder, sino que no sabía cómo ponerlo en palabras.

Hace poco leí De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. En él dice que correr es lo más cercano que conoce a tener la mente en blanco. Cuando lo leí entendí exactamente a qué se refería. Sin embargo, también me di cuenta de que, para mí, correr era algo diferente. Ahí entendí por qué nunca había sabido responder esa pregunta: no porque la respuesta fuera complicada, sino porque una sola respuesta nunca era suficiente.

En las siguientes líneas intentaré dar mi versión de lo que significa correr para mí. No porque piense que pueda expresarlo mejor —o siquiera igual— que Murakami; sería demasiado arrogante de mi parte. Lo hago porque, después de tantos años escuchando esa pregunta, creo que por fin encontré una forma de responderla: explicando lo que para mí significa correr.

Pero para explicar por qué llegué a esa conclusión, tengo que volver al principio.

Cuando empecé a correr, no tenía un plan de entrenamiento, un reloj deportivo ni un objetivo demasiado ambicioso. Simplemente salía a correr. Como programador que soy, la mayoría de mis pensamientos giraban en torno al trabajo; pensaba en bugs que no podía resolver, en la mejor manera de implementar una función o en algún problema en concreto que me resultaba difícil y que, de repente, encontraba respuesta mientras corría.

En ese entonces, mi único objetivo era correr un poco más que la semana anterior. Primero 5 kilómetros, luego 6. Después apareció una meta con la que me obsesioné: correr 10 kilómetros sin detenerme. Corría dos o tres veces por semana, unos 30 kilómetros en total. Para mí era muchísimo. Ahora sé que no era un gran volumen, pero en ese momento sentía que estaba mejorando.

En aquellos primeros meses, correr era poco más que una forma de desconectarme del trabajo. Nunca imaginé que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en uno de los lugares donde mejor pensaba.

Después, por cuestiones de trabajo, tuve que mudarme a Guadalajara, donde un amigo me convenció de inscribirme a un medio maratón. Me fue mal: salí demasiado rápido, caminé gran parte de la carrera y cometí muchos errores.

Pero, curiosamente, esa experiencia no hizo que dejara de correr. Hizo exactamente lo contrario. Poco después, otro amigo y una imprudencia increíble me llevaron a inscribirme al Maratón de la Ciudad de México. Fue entonces cuando empecé un plan de entrenamiento y descubrí que existían muchos tipos de sesiones: rodajes fáciles, intervalos, tempos, fartleks, fondos...

Ahí entendí algo que cambió por completo mi forma de ver el running: cada tipo de entrenamiento te pone en un estado mental distinto.

También cambió el tiempo que pasaba corriendo. Dejé de salir dos o tres veces por semana para entrenar cinco o seis días. Los entrenamientos dejaron de durar treinta o cuarenta minutos y comenzaron a extenderse una hora, hora y media o incluso más. Y cuando pasas tanto tiempo corriendo, algo cambia. Llega un momento en el que el estrés se acaba y la mente empieza a divagar.

Paradójicamente, eso no ocurre en todos los entrenamientos. En las sesiones más exigentes no hay mucho espacio para pensar. Estás concentrado en ejecutar bien el entrenamiento: la respiración, la postura, la cadencia, el ritmo, no excederte y cuidar la técnica para evitar lesiones.

En las sesiones fáciles, en cambio, la cabeza vuela a cualquier lado. Ahí he repasado temas del trabajo, decisiones importantes, proyectos que imagino o simplemente cosas que tenía que resolver y que no sabía cómo abordar.

Con el tiempo entendí que esos rodajes no solo construyen al corredor; también construyen a la persona. Es ahí donde he tomado algunas de las decisiones más importantes, donde he cambiado de opinión sobre otras tantas y donde, muchas veces, simplemente me he encontrado a mí mismo.

Y luego están esos días donde todo fluye. Las piernas responden, el ritmo sale solo y los kilómetros desaparecen sin que te des cuenta. También existen los días opuestos, en los que las piernas pesan y cada kilómetro se siente como una negociación con la cabeza. Ahí el pensamiento cambia: ya no reflexionas sobre la vida. Solo intentas convencerte de dar un paso más. Un kilómetro más. Cinco minutos más. Solo llegar al siguiente árbol o a la siguiente cuadra. Es una lucha constante entre la cabeza y el cuerpo.

También hay días en los que no quiero saber de mí. Entonces pongo música o un podcast. Cuando termina, paso varios minutos pensando en lo que acabo de escuchar. Intento interiorizar las ideas que me parecen valiosas y cuestionar aquellas con las que no estoy de acuerdo.

Hoy creo que cuando alguien me pregunta "¿qué piensas cuando corres?", descubro que no puedo responder con una sola frase. No porque la respuesta sea complicada, sino porque no existe una sola respuesta. No existe una sola forma de correr.

Depende del día, del entrenamiento, del cuerpo y hasta del momento que esté viviendo. Hay días en los que corro para resolver problemas y otros en los que corro para dejar de intentar resolverlos. Hay días en los que solo pienso en mi respiración, mi postura o mi cadencia; y otros en los que las ideas aparecen una tras otra sin que las busque.

Al final me he dado cuenta de que correr no es solo hacer ejercicio o mantenerse sano. Es un espacio de introspección donde también se entrena la mente. Y quizá esa sea una de las razones por las que resulta tan adictivo: porque, al terminar un entrenamiento, no solo te sientes físicamente más fuerte, sino también mentalmente distinto.

Así que, si hoy alguien vuelve a preguntarme qué pienso cuando corro, probablemente responda: depende. Depende del entrenamiento, del momento que esté viviendo y, sobre todo, de la persona que sea ese día.

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